Actores y agentes del cambio. Documentación y Bibliotecas – Becario

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«Nuestro mundo está en pleno parto», dijo Virginia Woolf. En las instituciones culturales, las bibliotecas, los museos y, en general, en cualquier templo del conocimiento, opera el cambio, una fuerza multifacética que está transformando y moldeando nuestros hábitos de trabajo, nuestras prácticas y las relaciones que mantenemos con nuestros usuarios. ¿Cómo podemos evaluar y valorar nuestro lugar en la llamada sociedad del conocimiento? Cómo conciliar el cambio con nociones tan cruciales como la verdad, la solidaridad cultural y social, así como el intercambio, ese poderoso catalizador de la dignidad humana?

Dominar los flujos de datos para hacerlos fiables y honestos, apropiarse de las nuevas tecnologías para construir una oferta de calidad libre y abierta, tantas tareas que deben asumir quienes tienen como misión primordial constituir un tesauro del conocimiento, una verdadera ágora al alcance de todos, accesible, sincera y altruista.

El cambio que observamos proviene de cuatro grandes mutaciones en la historia de la humanidad: la transformación del mapa financiero, económico y comercial del mundo; el despliegue de la era digital, que está cambiando para siempre la relación del ser humano con el conocimiento; la expansión demográfica en los continentes asiático y africano, que pronto trastocará la actual distribución de la población mundial; y, por último, los inmensos retos medioambientales que nuestras sociedades deben aprovechar sin más dilación.

Desde los primeros avances de la sociedad quebequense hasta la creación de un laboratorio de inteligencia artificial de renombre internacional, la historia se teje a través de la información que la mente humana experimenta como materia prima, y a la que insufla energía vital. El cambio debe continuar con el intercambio de información en todas sus formas y con todas las personas, lo que requiere, entre otras cosas, acabar con el viejo escándalo del analfabetismo en nuestras sociedades cultas y conectadas. También es necesario acelerar la transición a la civilización digital, mediante la implantación del depósito legal digital, la digitalización de los fondos patrimoniales, la creación de bibliotecas de vanguardia que den protagonismo a los laboratorios de innovación y creación, como la futura biblioteca de Saint-Sulpice.

Por último, habrá que volver la mirada al futuro de la creación: en la era de la robótica, los algoritmos, la inteligencia artificial y los datos masivos, ¿cuál es entonces el futuro de la memoria, de la producción y el intercambio de conocimiento?

Como decía Virginia Woolf, nuestro mundo está en pleno parto. Se está produciendo un cambio multifacético en las instituciones culturales, las bibliotecas, los museos y, en general, en todos los lugares donde se crea conocimiento. El cambio está transformando nuestros hábitos de trabajo, nuestras prácticas y las relaciones con nuestros usuarios. ¿Cómo evaluamos y destacamos nuestro lugar en la sociedad del conocimiento? ¿Cómo conciliar el cambio con las importantes nociones de verdad, solidaridad cultural y social, así como el compartir, ese contundente catalizador de la dignidad humana?

Aprovechar la masa de datos para hacerlos fiables y veraces y apropiarse de las nuevas tecnologías para construir una licitación libre y abierta son parte del reto que deben afrontar aquellos cuya misión principal es construir una base de conocimiento, que sea accesible, sincera y altruista para todos.

El cambio que vivimos actualmente es el resultado de cuatro grandes acontecimientos de la historia de la humanidad: la transformación del mapa financiero, económico y comercial del mundo; el despliegue de una era digital que ha cambiado para siempre la relación del ser humano con el conocimiento; las expansiones demográficas en Asia y África que pronto alterarán la distribución de la población mundial; y, por último, los colosales problemas medioambientales que nuestra sociedad debe afrontar de inmediato.

Empezando por los primeros desarrollos de la sociedad quebequense y siguiendo por un laboratorio de inteligencia artificial de renombre internacional, la historia se crea con la información que utiliza la mente humana a la que imparte una energía vital. El cambio debe emprenderse compartiendo la información en todas sus formas y con todos, lo que significa acabar con el escándalo que supone el analfabetismo en nuestras sociedades cultas y conectadas. Para ello también es necesario acelerar la transición hacia una civilización digital, mediante el establecimiento de un depósito legal digital, la digitalización de las colecciones patrimoniales y la creación de bibliotecas de vanguardia que den cabida a los laboratorios innovadores y creativos, como la futura biblioteca de Saint-Sulpice.

También hay que pensar en el futuro de la creación. En la era de la robótica, los algoritmos, la inteligencia artificial y el big data, ¿qué nos depara el futuro para salvaguardar, producir y compartir el conocimiento?

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