Ante la afluencia de turistas, una cultura cubana cambiante

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Desde principios de los años 90 y la caída de la Unión Soviética, Cuba ha tratado de desarrollar el turismo internacional (que antes estaba proscrito, por considerarse una intrusión). De hecho, la desaparición del principal socio económico y comercial de Cuba llevó al país a lo que se conoce como el «Periodo Especial de Paz», un periodo de gran escasez en muchos ámbitos, como los alimentos o el combustible, durante el cual se tomaron medidas como cortes de electricidad, a veces de varios días, para salvaguardar la economía y, por tanto, el sistema revolucionario. Sea como fuere, los esfuerzos del gobierno no han sido en vano, Cuba es ahora un destino que atrae: en 2018, los cubanos recibieron 4 millones de turistas internacionales.

Esta nueva afluencia de visitantes plantea cuestiones sobre la conservación del patrimonio material e inmaterial, pero también social. De hecho, el turismo ha provocado cambios significativos en el comportamiento y las mutaciones sociales. Así, además del aumento de los robos en las ciudades turísticas, ha reaparecido la prostitución, que había sido frenada durante los primeros días de la Revolución.

Además, el turismo ha forjado una sociedad de dos velocidades desde el punto de vista económico, que ha modificado profundamente los códigos de vida de la sociedad. En efecto, en Cuba se utilizan dos monedas, y una vez agotada la libreta de racionamiento que todo cubano posee, es muy difícil comprar provisiones fuera de las tiendas para turistas. Los productos deben pagarse en CUC, una moneda para turistas que está vinculada al dólar estadounidense, y no en pesos cubanos. Para conseguir CUCs, hay que trabajar en contacto con los turistas.

Poco turismo cultural auténtico

Incluso el llamado turismo «cultural» desafía al observador, y uno se pregunta hasta qué punto implica un verdadero encuentro entre isleños y viajeros, como señalo en mi artículo «Cuba desde el inicio del Período Especial: viajeros diferentes para impactos múltiples»: la llegada de turistas ávidos de volver a casa con los brazos llenos de souvenirs ha provocado una reactivación -probablemente no un revival- en este campo. Esto ha provocado la proliferación de puestos de artesanía que esperan beneficiarse de las ganancias económicas que genera el turismo.

El turismo cultural permite, pues, la pervivencia de prácticas y tradiciones, es decir, el vínculo identitario que une a las comunidades, siempre que el visitante muestre interés por el patrimonio del país visitado. Aun así, es necesario que la artesanía no concentre su oferta en la producción de souvenirs sólo «típicos» para el imaginario europeo u occidental, a través de objetos «esperados» (ceniceros con la efigie del Che, objetos decorativos con los colores de una famosa marca de ron…).

También es necesario evocar la creación de bares o tiendas de souvenirs en lugares como los antiguos cuarteles de esclavos en las plantaciones del este de la isla. Muchos expertos temen que esto provoque daños irreversibles en los edificios históricos, que acabarán convirtiéndose en el escenario de una obra de teatro en la que los cubanos interpretan papeles ante un público de visitantes. Los cubanos dejan entonces de ser dueños de su patrimonio, sometidos a las desideratas de los extranjeros visitantes, que no contribuyen a su regreso a casa a difundir una imagen «diferente» del país, sino que contribuyen a perpetuar los estereotipos.

Por último, constatamos en La Habana el desarrollo del turismo «religioso». Las prácticas ancestrales se unen entonces a la tecnología moderna con el objetivo de satisfacer a los turistas, cuando la Asociación Cultural Yoruba creó un «museo-templo interactivo» de los Orishas para los turistas.

La huella ecológica del turismo

Por otro lado, el turismo deja una innegable huella ecológica en la Isla. Hay que reconocer que el turismo de «sol y playa» sigue siendo el más extendido en Cuba, concentrando a miles de turistas en zonas muy limitadas. Las infraestructuras deterioradas (sobre todo el alcantarillado) y la rápida construcción de hoteles hacen temer graves daños a la fauna y la flora en el futuro. También se puede argumentar que la reorientación del flujo turístico hacia nuevas zonas, promovida por las autoridades desde hace varios años, equivale en última instancia a desplazar las dificultades y a contaminar nuevos espacios (el sitio web de la Organización de Turismo del Caribe propone así «visitar por un día una de las islas deshabitadas» del Caribe, y «¡hacer un tranquilo picnic con una tímida iguana como única compañía!»).

Así pues, parece que el reto a asumir por Cuba es enorme. Sin dejar de beneficiarse de los efectos económicos del turismo, el país debe promover eficazmente una verdadera conservación del patrimonio, y una salvaguarda de los lugares turísticos, so pena de ver degradados los monumentos, pero también de ver desviadas ciertas partes de la cultura cubana, que se explotarían sólo con el objetivo de aportar divisas. El turismo genera una fuerte competencia en el Caribe, por lo que Cuba debe seguir siendo «competitiva» para no perder una de sus principales fuentes de ingresos y caer en una crisis económica y social.

La inclusión de la población en la reflexión en torno a este tema es, sin duda, la clave de un turismo beneficioso para todos, respetuoso con las poblaciones, los espacios y el patrimonio, construido o no, en un momento en que las miradas vuelven a converger en la isla y a cuestionar el futuro de la Revolución y sus logros. En algunas ciudades, como La Habana o Camagüey, se invita a los ciudadanos a participar en todas las fases del proceso de restauración de los edificios de los centros históricos.

Además de la socialización inducida, esto permite crear un fuerte vínculo entre los habitantes y su espacio vital. Sin duda, el patrimonio inmaterial también debe ser inventariado y promovido por las autoridades, aunque el hecho de que este patrimonio inmaterial pueda aglutinar a diferentes actores de la emergente sociedad civil cubana haga temer a las autoridades que surjan focos de contestación política. De hecho, unirse en torno a la identidad y el patrimonio cultural puede llevar a exigir un futuro diferente…

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