Creonte, héroe trágico: Una lectura filosófica del mito griego

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Antigona, de Sófocles, dirigida por Ivo van Hove en el Théâtre de la Ville en 2015

Introducción

Sófocles, Poeta y dramaturgo griego, escribió la obra Antígona en el año 441 a.C., como obra del concurso dramatúrgico del Teatro de Dionisio. La obra forma parte de un ciclo que incluye también Edipo Rey y Edipo en Colono. Tras una batalla entre los hijos de Edipo y Yocasta, Eteocles y Polinices, Creonte, que ha sido llamado a gobernar, ordena que el cuerpo de Polinices quede sin enterrar y que Eteocles sea enterrado con gran pompa. Es en este momento cuando interviene Antígona, la hermana de los hermanos enemigos, que no soporta ver el cuerpo de Polinices abandonado a los buitres y decide desafiar las órdenes de Creonte, aunque sea para morir. A lo largo de los siglos, la obra ha perdurado y ha sido reescrita por autores como Bertolt Brecht o Jean Anouilh. Esto dio a Antígona la oportunidad de convertirse en una de las figuras más emblemáticas de la resistencia contra el poder y de la libertad de las mujeres. Creonte, por su parte, suele ser visto como el antagonista o al menos el antihéroe de la obra de Sófocles. Sin embargo, parece que su papel y sus motivaciones son más ambiguos de lo que sugiere una lectura superficial. Por último, ¿hasta qué punto se puede considerar a Creonte como el verdadero héroe trágico de la obra Antígona aunque su relación con el poder ya parece asignarle un papel equivocado?

Intentaremos comprender la verdadera personalidad de Creonte haciendo una psicología del personaje a partir de los textos de Sófocles y Anouilh y analizaremos el símbolo político que representa, especialmente a través de la concepción hobbesiana del gobernante. También estableceremos sus motivaciones estableciendo un paralelismo con la doctrina utilitarista milliana a la vez que destacaremos su visión del bien soberano a partir del estudio de los textos de Aristóteles.

I) Antígona contra Creonte: conflicto moral, conflicto político

Creonte y Antígona son los personajes claramente enfrentados en la obra. Antígona es joven y frágil, es una mujer y se preocupa principalmente por el descanso de su hermano Polinices. Creonte es viejo, un hombre de poder, domina a Antígona y se preocupa principalmente por el bienestar de la ciudad. Es en este sentido que las motivaciones de los personajes entran en conflicto.

A) Antígona y la máxima moral

El comportamiento de Antígona es bastante difícil de descifrar y puede ser objeto de una plétora de interpretaciones, pero está claro que manifiesta un compromiso moral más allá de su propia integridad. «ISMENE»: ¡Ah! ¡Inteligente! ¡Y Creonte defendiéndolo! ANTIGONA: No tiene derecho a separarme de los míos. «Antígona se encuentra en una posición de inferioridad con respecto a su tío, pero decide enfrentarse a él, lo que la establece como una mujer fuerte». Popularizada por Jean Anouilh en la época en que los movimientos feministas cobraban verdadero impulso, Antígona se convertirá en el símbolo de la revuelta y la lucha contra la opresión del patriarcado. Se guía por un principio moral que le da el valor de arriesgar su vida. En la antigüedad, el ritual funerario era sumamente importante para la civilización griega, ya que el paso del alma del difunto al reino de los muertos sólo podía producirse si se enterraba el cuerpo (a veces con una moneda de plata en la boca) para que Caronte accediera a llevarlo al otro lado del río Estigia. Antígona no se rebela por sí misma sino por su hermano en un impulso totalmente desinteresado Podríamos ver aquí una representación del imperativo categórico kantiano en su forma más pura. De hecho, en Los fundamentos de la metafísica de la moral, Kant plantea el hecho de que tal vez nunca haya habido actos morales libres y desinteresados en este mundo porque siempre habrá motivaciones que guíen cada acción humana. Por eso, sólo la voluntad puede considerarse buena: «De todo lo que es posible concebir en el mundo, e incluso en general fuera del mundo, no hay nada que pueda tenerse por bueno sin restricción, excepto sólo una buena voluntad. Así, Antígona parece respetar el imperativo categórico kantiano: «Antígona: (…) Amada de un hermano amado, yaceré junto a él, víctima de un, deber sagrado». Trata el cuerpo, aunque sin vida, de su hermano con humanidad y cree que su acción es un deber universal. También se refiere a su muerte como «gloriosa», pero parece que está más interesada en tranquilizar a su hermana Ismene o en darse valor a sí misma que en fundamentar realmente su motivación principal. Sin embargo, ¿podemos ver decididamente en Antígona un dechado de moralidad y una máxima de acción universalizable sin reservas?

B) Creonte y el compromiso político

Caracterizar al personaje de Antígona como una figura kantiana sería desconocer textos de Kant como Teoría y práctica o Doctrina del derecho en los que el filósofo alemán condena las rebeliones y los regicidios. Estos ensayos son ambiguos, sobre todo por el entusiasmo de Kant por la Revolución Francesa, pero el soberano, como depositario de la autoridad pública y garante de la paz, no puede sufrir una discusión sobre sus decisiones. Garantizar la paz es exactamente el papel de Creonte. Era un ciudadano corriente que vivía entre libros y objetos de arte (como deja claro Anouilh en su obra) en su casa, pero fue llamado después de la guerra para asumir el poder e intentar construir la paz, él, el hombre que nunca quiso ser rey: «CREON : En cuanto a mí, pongo por testigo a Júpiter, de quien nada se escapa, nunca guardaré silencio, cuando vea que la desgracia desciende sobre mis conciudadanos y amenaza su prosperidad; y nunca admitiré en mi amistad a un enemigo de la patria, convencido de que de la salvación de la patria depende la nuestra, y de que si la nave del Estado navega tranquila, nos hacemos amigos. Con estos principios haré florecer esta ciudad. Creonte tiene una concepción virtuosa y recta de la política, lejos de ser el lugar de todas las pasiones y locuras, el trono es para él la oportunidad de hacer una ciudad próspera y pacífica. Abandonando la guerra en favor de la diplomacia y el comercio, muestra su voluntad de recurrir a las armas sólo como último recurso. Creonte es un personaje que se cruza con muchos principios filosóficos de las diversas escuelas antiguas populares después de Sófocles. Es epicúreo en su vida sencilla en el campo y sus tendencias hedonistas descritas por Anouilh en su reescritura, es estoico en el ejercicio del poder y en la aceptación de la muerte de su hijo Meneca al que la guerra le ha arrebatado, y es aristotélico en su concepción del bien soberano y su enredo con la política.

Creon es, pues, un personaje mucho más complejo que la figura del tirano que se le atribuye. Nunca buscó el poder y fue llamado contra su voluntad. Acepta la corona por deber y su único objetivo es garantizar la paz, la seguridad y el bienestar de los ciudadanos de Tebas. Una paz que Antígona amenaza con destruir al oponerse a Creonte, es cierto que por razones nobles, pero no se da cuenta del daño que hace a la ciudad con su acto irracional. No tiene ni idea de las consecuencias y repercusiones políticas; se limita a pensar moralmente.

II) La realpolitik al servicio del pueblo

¿Hay que privilegiar la moral o la política? Es posible que una se derive naturalmente de la otra y que, por tanto, ambos conceptos estén intrínsecamente relacionados. A continuación nos centraremos en analizar los principios políticos de Creonte y en compararlos con los esquemas filosófico-políticos antiguos, modernos y contemporáneos.

A) La moral utilitaria de Creonte

Si las virtudes son cualidades morales, podríamos encontrar a Creonte virtuoso. De hecho, parece seguir los principios de una moral utilitaria. Aunque el utilitarismo es una doctrina filosófica muy posterior a Sófocles, debemos tomar a Creonte como un personaje teatral, sujeto a la interpretación de los espectadores y lectores de cualquier época. «El utilitarismo sostiene, en cambio, que lo único deseable como fin es la felicidad, es decir, el placer y la ausencia de dolor», escribe el filósofo John Stuart Mill. Creonte quiere la felicidad y la prosperidad del pueblo de Tebas, incluso a costa de la felicidad de algunos. Entonces se niega a seguir las costumbres religiosas imperantes porque sabe que si Polinices tuviera una tumba, la guerra civil amenazaría la ciudad y, por tanto, la felicidad de muchos; Antígona, en su ceguera, precisamente azuza a los rebeldes con su acto. Creonte hace una elección racional evaluando cuánta felicidad será mayor cuando tome una decisión. Por eso no puede prescindir de Antígona. No puede salvar una vida para condenar a otras miles. Mill es muy claro sobre la concepción utilitaria de la justicia: «Hemos visto que el sentido de la justicia tiene dos elementos esenciales: se desea castigar a la persona que ha hecho el daño; y se sabe o se cree que hay un individuo o individuos definidos a los que se ha hecho el daño. Ahora bien, se entiende bien que los ciudadanos de Tebas se ven perjudicados por la acción de Antígona (esto se pone de manifiesto incluso durante las representaciones teatrales en las que se oye a la multitud retumbar alrededor del palacio) y Mill deja claro que el interés público debe jugar en la balanza y, por tanto, la ley de Creonte no puede sufrir una excepción. Creonte cuestiona la moral como conjunto de reglas absolutas para defender un pragmatismo utilitario.

La guerra ha separado el bando de Eteocles y Polinices pero es el momento de la paz y Creonte se ve obligado a enterrar a Eteocles porque fue a él a quien el pueblo apoyó, fue él quien defendió las murallas de Tebas contra los rebeldes tebanos y los reyes aliados de Polinices. Por lo tanto, es necesario oprimir al traidor y glorificar a uno solo de los dos hermanos para volver a unir la ciudad. «No es culpa de ninguna doctrina, sino de la complejidad de los asuntos humanos, que no se puedan formular reglas de conducta sin excepciones», escribió Mill. La felicidad colectiva es el telos de Creonte, que está dispuesto a cuestionar las reglas clásicas de la moral si con ello promueve el bien común. Mill añade: «Tener un derecho es tener algo que la sociedad debe garantizar que se posea para el bien general. La concepción jurídica de Creonte deriva también de su moral, que ha sido calificada anacrónicamente en este desarrollo como utilitaria. A Antígona no se le permite enterrar a su hermano porque pondría en peligro el bien común. Por lo tanto, no puede hacerlo aunque las leyes religiosas ordenarían el entierro de un hombre del rango de Polinices. Este desafío a las leyes religiosas y la aparente tiranía de Creonte se acercan a la concepción del poder de otro filósofo y teórico político moderno: Thomas Hobbes.

B) El papel del gobernante según Hobbes

El estado de naturaleza es descrito por Hobbes como «un estado de guerra de cada hombre contra cada hombre». Antes de la llegada del Estado de Derecho, los hombres vivían según la ley del más fuerte y entraban constantemente en conflicto entre sí por desconfianza, orgullo o necesidad de recursos. Los hombres, cansados de luchar y temerosos de la muerte, decidieron transferir su fuerza a un soberano que les asegurara su protección: «El fin de la obediencia es la protección»; este es el estado de derecho. El perfil del soberano es pensado por Hobbes y el filósofo indica qué cualidades debe poseer. En Elementos de Derecho Natural y Político, Hobbes explica que las leyes naturales, es decir, las leyes morales, fueron puestas en el hombre por Dios, pero que éstas fueron olvidadas durante mucho tiempo hasta la aparición de Moisés y las tablas de la ley. El gobernante es el que defiende las leyes de la naturaleza así como la seguridad de los ciudadanos en su conjunto. En el Leviatán, Moisés es de hecho quien aparece como el gobernante arquetípico, pero volveremos a ello más adelante.

Para Hobbes la rebelión contra el depositario del poder es imposible porque cualquier acción del soberano es justa porque la justicia es precisamente la característica intrínseca de las leyes promulgadas. «La ley de la naturaleza y la ley civil se contienen mutuamente y tienen el mismo alcance», escribe Hobbes, pero entonces ¿cómo se puede criticar a Creonte y su ley? Si nos referimos al esquema hobbesiano, es obvio que su ley es justa porque es la depositaria del poder y tiene el derecho de vida o muerte sobre cualquier sujeto. Su deber, Creonte lo sabe bien, es el que explica Hobbes en el Leviatán, es decir, la salvaguarda del Estado. Es el baluarte entre la paz y la guerra civil, entre el orden y el caos. Los estudios modernos muestran a Creonte como una figura tiránica. En Antígona, de Jean Anouilh, esta idea está especialmente presente. Pero, por un lado, en la antigüedad, el tirano no tenía necesariamente una connotación negativa, entre los romanos, por ejemplo. Bajo el Imperio Romano, era una parte habitual de la política y el poder. El dictador era también una magistratura que otorgaba el imperium, es decir, el poder absoluto a una persona, y podía ejercerse en la Roma Real, Imperial e incluso en la República.

Además, Hobbes nos recuerda que la tiranía es una ilusión nominalista; una palabra inventada por el pueblo que ya no entiende dónde está su interés, y que se utiliza cuando le disgusta su gobernante sin ninguna realidad sensata que se corresponda con el concepto.

«CREÓN: (…) Nunca en mi estima prevalecerá el malvado sobre el bueno; pero quien haya servido bien a su país, ese, vivo o muerto, recibirá de mí los más altos honores.»

Aquí queda claro que Creonte, para proteger al Estado y a los ciudadanos que lo integran, debe dar ejemplo. Prohíbe a Eteocles descansar no por su crimen, sino para unificar una ciudad tras una guerra asesina. «CREÓN: (…) cuando la ciudad ha elegido un líder, debe ser obedecido en las cosas más pequeñas, justas o injustas. La anarquía es el mayor de los males. Es la anarquía la que arruina a los estados; es la anarquía la que trastorna a las familias; es la anarquía la que, en plena batalla, provoca el desorden y la huida en las filas. Aunque las órdenes de Creonte son percibidas como tiránicas, deben ser respetadas por el bien común. Antígona no sólo va a conceder la paz eterna a su hermano, pues al hacerlo también socava el poder y la autoridad del Estado. Así, expone a Tebas a la rebelión y al caos cuando Creonte quiere devolver la prosperidad a la ciudad.

C) La relación con la religión: Creonte frente a Tiresias

Hacia el final de la obra, Creonte tiene que reunirse con el adivino Tiresias que quiere evitar que cometa un acto que pueda enfadar a los dioses. A su vez, intenta razonar con Creonte como lo hizo Hemon antes que él:

«TIRESIAS: (…) Perdona, pues, a los muertos; deja de perseguir al que ya no está. ¿Qué gloria hay en ir tras un cadáver? «.

Creonte encarna el poder político frente al poder religioso, y una vez más no puede permitirse el lujo de dar marcha atrás en su decisión: «CREONTE: (…) Oh anciano, todos vosotros, como el arquero a su objetivo, dirigís vuestros golpes contra mí, y vuestros mismos oráculos no me perdonan. Desde hace mucho tiempo, mis parientes me han traicionado y vendido. Así que comercia, atesora, si quieres, el oro de Sardis y de la India; pero nunca enterrarás a este hombre. Creonte gobierna como debería hacerlo el soberano teorizado por Hobbes. Ciertamente, en la antigua Grecia, el poder político no derivaba de los dioses, pero la influencia de adivinos, sacerdotes y augures era lo suficientemente grande como para ocupar un lugar importante en la política. Es impensable que el poder político esté sometido al poder religioso. La exégesis de Hobbes de los textos bíblicos es una prueba de ello. Es un error creer que el poder temporal depende del poder espiritual. De hecho, Dios ha delegado su poder en el soberano y si su voluntad reina en el cielo, es el soberano y sólo él quien debe decidir en la tierra. Para Hobbes, el clero debe enseñar y no gobernar; sus decretos son consejos más que leyes. Pero, de hecho, el siglo XVII fue testigo de grandes cismas en la Iglesia. Estos cismas fueron provocados por la ambición de algunos y condujeron irremediablemente al desorden. Creonte debe evitar el desorden a toda costa. El poder le da derecho a juzgar las profecías y a oponerse a los consejos de los profetas. Creonte antepone el bien de los ciudadanos a la satisfacción de los dioses.

Nos ha costado más de dos milenios de filosofía comprender toda la profundidad del carácter de Creonte. Es un gobernante autoritario, sí, pero por el bien de la ciudad de Tebas. Tras la guerra asesina entre Eteocles y Polinices, el poder se debilita y debe reencarnarse en un personaje fuerte. La ley puede ser calificada de justa por los tebanos que lucharon junto a Eteocles o de injusta por los que se unieron a Polinices, pero es por el bien común y la unificación de la ciudad que Creonte decide prohibir el entierro del traidor. Poniendo la felicidad de los muchos por encima de todo, se ve obligado a condenar a Antígona. Ninguna decisión es más difícil de tomar, y es quizás en esto que Creonte se convierte en un verdadero héroe trágico.

III) Una nueva mirada al conflicto

Ahora podemos destacar una nueva interpretación del conflicto entre Antígona y Creonte. Una interpretación crítica hacia Antígona que deja de ser moral al dejarse llevar por sus pasiones. Entra en una relación de oposición con su tío y rey Creonte, que debe respetar su deber con la ciudad. Tenemos derecho a pensar en contra de la conclusión de Sófocles presente en las palabras del Coro que justifica la acción de Antígona y que culpa a Creonte por no haber escuchado a los dioses, y en contra de la interpretación que siempre se ha hecho. En efecto, podemos ver en esta tragedia la prevalencia del derecho y la paz sobre los sentimientos familiares.

A) La virtud y la política según Aristóteles

Es en la Ética Nicomaquea donde Aristóteles define el bien soberano como el telos de la política e in extenso, de la vida humana. Es bastante difícil dar cuenta de todo lo que contiene este concepto de bien soberano, pero es cierto que se identifica con la felicidad. La felicidad individual, accesible a través de la vida contemplativa que es la vida con el intelecto, pero también a través de la vida moral donde el hombre tiene el valor de actuar virtuosamente, y la felicidad colectiva, accesible a través de la vida política. Aristóteles plantea la cuestión del papel de la virtud en la política, porque no basta con hacer y deshacer leyes para llevar el bien soberano a la ciudad: «Tal vez sería mejor considerar la virtud como el verdadero propósito de la vida política. El filósofo añade que este fin es, sin embargo, imperfecto. En efecto, la felicidad debe ir acompañada de la prudencia, la sabiduría, pero también del placer. En efecto, se trata de una vida racional, en la que el placer intelectual y la práctica de la virtud se refuerzan mutuamente. A continuación nos lleva a criticar la siguiente frase de Antígona a Creonte: «ANTIGONA: (…) Pero uno de los muchos privilegios de la realeza es poder hacer y decir lo que quiera. Por lo tanto, Antígona considera que su tío es el rey y, por lo tanto, puede hacer lo que quiera, revocar sus leyes, hacer excepciones en la ley y ser injusto cuando lo desee. Sin embargo, como hemos visto, Creonte no es un tirano en el sentido moderno. Si la virtud se caracteriza en Aristóteles como el término medio entre el defecto y el exceso, es evidente que el carácter de Antígona no puede asociarse a la templanza, una de las virtudes cardinales preconizadas por Platón o Aristóteles. Está constantemente en el exceso, en la pasión, en la hybris. Creonte, en cambio, trata de buscar el bien mayor y toma decisiones políticas por el bien de la ciudad. Sabe que la realeza no ofrece poder sino responsabilidad; es una carga y un deber. Aristóteles añade: «Porque la virtud moral está relacionada con el placer y el dolor: el placer nos hace cometer acciones malas y el dolor nos aleja de las buenas. En este sentido, Antígona no está siendo virtuosa, porque el dolor excita su pasión desmedida y la lleva a cuestionar el poder político de Creonte, que busca el bien supremo a través de sus leyes y no su placer personal. La ley de Creonte es razonable: no perjudica significativamente a los ciudadanos, sino que los une y entierra sus enemistades pasadas. En las últimas líneas de su Ética, Aristóteles escribe: «Tal vez quien quiera mejorar a los hombres, ya sean muchos o pocos, debería intentar convertirse en legislador, si es cierto que son las leyes las que nos hacen honestos. Creonte no intentó ser legislador, fue llamado a serlo en contra de su voluntad, a pesar de ello o por qué no, por ello, es evidente que no tiene malas intenciones y que busca gobernar de la mejor manera posible para evitar ver la ciudad hundida. No le importan la gloria y los honores, nunca tuvo la ambición de llevar la corona algún día. Una vez más, Creonte ha sido capaz de dejar a un lado sus afectos para gobernar la ciudad de forma racional y virtuosa con la esperanza de un bien mayor, cuando Antígona se rebela tras una crisis total, denigrando la felicidad común.

B) Un repaso a la tragedia

Aquí recordaremos los fundamentos de la tragedia de Sófocles y el detonante del calvario de Antígona. Cuando Edipo se une a Yocasta, nacen cuatro hijos: Antígona, Ismene, Eteocles y Polinices. El incesto es descubierto y Edipo debe abandonar la ciudad, maldice a sus hijos y los condena a matarse entre ellos. Los dos hermanos eligen reinar por períodos de un año cada uno para evitar conflictos. Eteocles reina primero, es un rey bueno y justo, su objetivo es traer la felicidad y la prosperidad a Tebas. Polinices es un soldado más que un líder político, pierde muchos hombres en guerras extranjeras provocadas por él mismo. Al final de su año de reinado, Eteocles ve cómo Polinices puede llevar la ciudad a la ruina y le niega el acceso al trono, siendo apoyado por gran parte de la población tebana. Polinices reúne entonces a sus seguidores y convence a siete reyes para que luchen por él. La batalla continúa, el hijo de Creonte muere durante la guerra y los hermanos acaban matándose mutuamente como Edipo había predicho. Creonte es entonces llamado a tomar las riendas de la ciudad. Acepta en contra de su voluntad, pero sabe que sin él, sería el fin de Tebas y el comienzo del caos. Creonte toma entonces la decisión que se le exigía y que resultará ser el desencadenante de la tragedia sofoclea: la prohibición de enterrar a los muertos. Podemos explicar esta decisión de forma racional. A pesar de la muerte de su hijo, Creonte no guarda rencor ni a Polinices ni a Eteocles. Uno se negó a abandonar el poder, el otro traicionó a su país, pero el tío de Antígona comprendió que lo que realmente importaba era el destino de Tebas y que se estaba jugando aquí y ahora. Los tebanos apoyaron en gran medida a Eteocles porque su reinado les había aportado mucho. Además, Polinices era un traidor que había reunido a muchos enemigos para asediar la ciudad griega. Enterrarlo habría sido justificar su acción y honrarlo, habría vuelto a dividir a los ciudadanos. Antígona se arriesgó a una guerra civil para dar sepultura a su hermano, antepuso su conciencia religiosa y su moral al bien común. La situación es trágica también para Creonte. En efecto, podemos definir la tragedia como una obra en la que el héroe se encuentra abrumado por su destino y trata de escapar de él, pero en vano. En efecto, el destino de Antígona es enterrar a su hermano y morir.

Aunque su debate interior aporta gran profundidad al personaje, se limita a desobedecer y esperar la muerte. Ciertamente, está plagada de angustia existencial y dudas sobre sí misma, y su papel no es fácil, pero la obra no puede resumirse en un conflicto entre Antígona la resistente y Creonte el tirano sin escrúpulos. Antígona es, sin duda, una heroína trágica, pero ¿qué pasa con Creonte? Primero Creonte pierde a su hijo en la guerra, luego pierde su paz y tranquilidad y debe tomar el poder para evitar el caos. Tiene que tomar la dificilísima decisión de hacer matar a su sobrina. Él podría salvarla: es el rey, tiene el poder. Pero si Creonte puede salvar a Antígona en teoría, no puede hacerlo en la práctica porque su deber está por encima de sus sentimientos personales. Debe aceptar resueltamente que Antígona debe morir. En la reescritura de Anouilh, Creonte incluso intenta desesperadamente razonar con su sobrina. En Sófocles, Creonte se esconde detrás de la ira, intentando convencer a Antígona, pero también convenciéndose a sí mismo, de que su desobediencia era una traición y que su ley era justa. Accede a ver a Antígona para hablar con ella. Su conflicto interior es evidente y lucha con su destino para que su sobrina muera porque no puede ser de otra manera. Al hacerlo, sabe que está condenando a su hijo Hemon a la desgracia. Y efectivamente, tendrá que asumir la muerte de su hijo que amaba a Antígona y que preferirá unirse a ella en la muerte. Y mientras la pareja alcanza el descanso eterno, Creonte debe soportar un destino mucho más trágico: vive. Vive separado de su sobrina y de su hijo, vive para proteger a Tebas de sí misma conservando el poder, el mismo poder que no quería y que le ha quitado todo.

Tenemos derecho a plantear a Creonte como un verdadero héroe trágico contra el que el destino, encarnado por la conciencia política, no dejará de ensañarse. Podemos imaginar sus conflictos internos y sus vanos intentos por tratar de cambiar las cosas. El dilema de Creonte se pondrá especialmente de relieve en la reescritura de Anouilh.

El contexto del mito y la relación entre poder y virtud hacen que la oposición entre Antígona y Creonte sea menos maniquea. Antígona cumple con su deber de hermana pero actúa sin pensar en las consecuencias, mientras que Creonte puede actuar como le plazca en el poder, pero en efecto su conciencia política le obliga a ciertas realidades que no puede negar. Creonte sufre tanto o más que Antígona aunque estos sufrimientos son de distinto orden y mientras esta última está convencida de que es justa y virtuosa, su tío, en cambio, está convencido de que está cometiendo un error y tendrá que vivir con esta culpa durante toda su vida.

Conclusión

Hemos intentado ofrecer una nueva interpretación del mito de Antígona. Centrándonos en Creonte, hemos conseguido analizar las motivaciones, el carácter y la moralidad del personaje desde recursos filosóficos antiguos, modernos y contemporáneos. Podemos cuestionar el consenso preexistente que muestra a Antígona como un personaje femenino fuerte, que desafía a la muerte, que se levanta contra el poder y asocia a Creonte con el poder tiránico. Por el contrario, esta interpretación se invierte si aceptamos ver a Creonte como una figura paterna que debe proteger a sus hijos, así como a sus súbditos, contra las tonterías de la juventud. Antígona es la perfecta representación de esto; tiene ardor y afán, así como un inquebrantable sentido del deber, pero no se da cuenta de que al enterrar a Polinices está poniendo en peligro a toda una ciudad y a sus habitantes. Se resigna a morir cuando Creonte tendrá que vivir y soportar haber decidido la muerte de su sobrina e hijo por el bien común. Tenía un poder absoluto, pero sólo podía tomar una buena decisión para la ciudad. Antepuso la paz a la vida de sus seres queridos cuando se dio cuenta de que no podía combinar ambas cosas. El que no buscó el poder, aquí es mejor gobernante que nadie, para su gran desgracia. Esta es la historia de un verdadero héroe trágico.

Por Thomas Primerano, estudiante de filosofía en la Sorbona, miembro de la Association de la Cause Freudienne de Strasbourg, miembro de la Société d’Etudes Robespierristes, autor de »Hobbes contre les ténèbres publicado» por BOD.

Bibliografía

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L’utilitarisme, John Stuart Mill, Flammarion champs classiques, 2018

Léviathan, Thomas Hobbes, Folio essais, 2019

Elementos de Derecho Natural y Político, Thomas Hobbes, Le Livre de Poche, 2003

Fundamentos de la Metafísica de la Moral, Immanuel Kant, VRIN, 2015

Eticaicomáquica, Aristóteles, Agora Les classiques, 1992

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