Cuba celebró la Navidad como una verdadera fiesta

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Correspondencia privada.

En un escaparate de la calle Obisco, perdido entre varios objetos un niño Jesús duerme en su cuna. Solo, bajo la protección de un Ochun vestido de amarillo (una representación de la patrona de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en la religión afrocubana) y una niñera negra y gorda, una muñeca para los turistas. Belenes, en La Habana, apenas hay, salvo en las iglesias, y árboles de Navidad de plástico, en unas pocas tiendas, con espumillón y lucecitas.

Cuba celebra su primera Navidad oficial en veintiocho años. De hecho, en 1970, por razones económicas, tras el fracaso de la zafra, de los diez millones», la fiesta había desaparecido del calendario. El año pasado, el Papa, unas semanas antes de su visita a la isla, había querido que el 25 de diciembre fuera declarado festivo.

Hoy, la fiesta está definitivamente en el calendario, pero, para muchos cubanos, tiene poco significado. «Aquí», recuerda Gerardo, «la Navidad era la ‘noche buena’: una comida familiar con una pierna de cerdo a la parrilla, plátanos, yuca, arroz y frijoles negros. Hoy en día sigue siendo así cuando se puede comprar la carne de cerdo. En diciembre, nuestros padres encargaban un juguete a través de su empresa y de la «libreta», pero sólo llegaba para el día de Reyes, el 6 de enero. La única tradición real que se ha mantenido es la de los cubos de agua que se tiran en la noche del 31 de diciembre para lavar el año que termina y deshacerse de lo malo que pueda quedar de él.»

En casa de Juan, un obrero que vive en lo más bajo de Arroyo Naranjo, un barrio obrero de La Habana, es la gran discusión: «El árbol, siempre lo ponemos a principios de diciembre. A lo largo de los años, he comprado guirnaldas, adornos, luces y estrellas. Pero les dije a mis hijos que este año no lo pondría y que lo hicieran ellos». A Niurka y Nelson, hija e hijo, de quince y dieciséis años, no les importa el árbol de Navidad. Han descubierto la iglesia pentecostal, que ha puesto un belén en el templo y, sobre todo, ofrece comida a los fieles en Nochebuena, cerdo a la parrilla, por supuesto. «Y además es menos austera que la Iglesia Bautista o la del Séptimo Día». La vecina de Juan, Tamara, es la única que hoy tiene un gran árbol y un montón de luces parpadeantes en esas casitas anidadas unas dentro de otras. Fue un regalo de la familia que llegó de Nueva York para las vacaciones. En cuanto a Luis Miguel, está desilusionado: «Todo esto ya no se parece a nada, ni al socialismo, ni mucho menos al comunismo, ni tampoco al catolicismo».

Tanto para el cardenal cubano Jaime Ortega, que dice que la restauración de la Navidad como «fiesta civil» es algo bueno para Cuba, pero añadió que «la Iglesia debe ahora devolverle su sentido religioso, y eso llevará tiempo». En Cuba nunca ha habido un árbol de Navidad, ni un belén en las escuelas, ni crucifijos en los hospitales…

Este día de Nochebuena en La Habana es hermoso y templado. Muchos, más que en años anteriores, asistieron a una de las misas de medianoche, celebradas en los barrios. Otros aprovecharon los conciertos religiosos. Otros, finalmente, se quedaron en casa, con la comida de todos los días Ä aunque la carne de cerdo ha bajado por las fiestas de 25 a 15 pesos la libra Ä y la música, porque lo más importante es que este 25 de diciembre se ha convertido en una verdadera fiesta.

FRANÇOISE ESCARPIT

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