La coprofagia está relacionada con la atrofia cerebral

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Comer tus propios excrementos, nunca se te ocurriría. En cambio, los monos, las palomas y los perros consumen heces de forma habitual. Pero cuando la cordura se rompe, pueden aparecer comportamientos sorprendentes. La coprofagia es una de ellas. Un equipo de la Clínica Mayo (Rochester, Minnesota, EE UU) explica, en el Journal of Neurology, que puede estar relacionada en gran medida con la atrofia de ciertas regiones cerebrales.

Un tratamiento eficaz

La coprofagia sigue siendo poco frecuente. De 67.000 pacientes seguidos por demencia entre 1995 y 2015 en la Clínica Mayo, solo 27 registros reportaron haber comido heces humanas. El comportamiento fue probado en 17 de ellos. Los investigadores sólo conservaron a 12 pacientes para su estudio porque el diagnóstico tenía al menos una década de antigüedad. De media, tenían 55 años.

Según los resultados, la coprofagia se da en una de cada 10.000 personas con demencia. Sin embargo, Keith Josephs, primer autor del estudio, cree que los casos pueden estar infradeclarados a los profesionales sanitarios. «Hay un tratamiento», dice. De hecho, el fármaco antipsicótico haloperidol provocó una mejoría en cuatro personas.

No hay deficiencia nutricional

La coprofagia está relacionada con la degeneración del cerebro. Los escáneres cerebrales de seis pacientes mostraron una atrofia del lóbulo temporal medial, que alberga la amígdala, entre otras cosas. En este grupo, se desconoce la causa de la atrofia. En los otros pacientes, que no tenían demencia, los investigadores culpan a la edad, a las convulsiones y a los cambios metabólicos.

Pero la coprofagia no se produce sola: este comportamiento va acompañado de síntomas adicionales como la hipersexualidad, la tendencia a jugar con las heces o a consumir todo tipo de objetos y una marcada agresividad. No es de extrañar que estos pacientes corran un alto riesgo de infección e incluso de muerte. Pero, sorprendentemente, no sufren carencias nutricionales.

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