La espiritualidad de comunión del sacerdote

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La espiritualidad de comunión del sacerdote

El cardenal Camille Ruini

Vicario de Su Santidad para la Diócesis de Roma

Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana

1. Es hermoso dirigirse a los sacerdotes, a tantos sacerdotes, en ese ambiente de oración, de alegrÃa y de disponibilidad interior que nace de la eucaristÃa apenas concelebrada, en esta tierra de Fátima bendecida por la presencia especial de MarÃa y por el simple hecho de encontrarnos juntos, con el Señor y en el nombre del Señor.

El tema de nuestra mañana es «la espiritualidad sacerdotal de la comunión»: el camino real para entrar en ella sólo puede ser la acción de la gracia por nuestro ser sacerdotal, y la meditación sobre la naturaleza del sacerdocio cristiano.

Quizás sea bueno comenzar tal meditación con los aspectos «problemáticos», si se puede decir asÃ. Junto con la palabra de Dios y los sacramentos, el ministerio apostólico es, para la fe católica, uno de los elementos o estructuras constitutivas de la Iglesia. Esta verdad, esta regla de vida poseída pacíficamente a lo largo de los siglos y milenios, extraordinariamente rica en frutos de santidad y de gracia, ha sido objeto en las últimas décadas de un desafío que, procedente del protestantismo, ha entrado también en nuestra Iglesia. Esta es la raíz teológica de la llamada «crisis de identidad sacerdotal» y, creo, del fuerte descenso de las vocaciones que se ha producido en muchos países en las últimas décadas. Hay, por supuesto, otras razones, sociológicas o, en un sentido más amplio, culturales, para esta crisis, pero probablemente no habría sido tan fuerte ni tan penetrante si el sacerdocio ministerial, a los ojos de muchos sacerdotes, no se hubiera vuelto problemático en sí mismo, es decir, desde el punto de vista de su arraigo en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Este es también el diagnóstico del cardenal Ratzinger, que lo propuso magistralmente en su informe al inicio del Sínodo de los Obispos sobre «la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales».

No podemos detenernos en las motivaciones invocadas para poner en duda el carácter «constitutivo» para la Iglesia de nuestro sacerdocio. Además, los conocemos bien: se dice que en el Nuevo Testamento los ministerios eclesiales se designan sólo con palabras profanas y no sagradas o sacerdotales; que Jesús mismo no era de estirpe sacerdotal; y que su sacrificio mismo, a diferencia de los antiguos sacrificios, no es un hecho cultual sino profano, cuyo elemento esencial es el amor, el servicio, la entrega en medio del mundo y para el mundo.

Sin duda hay una buena parte de seriedad y de verdad en todo esto, pero también hay una parcialidad insoportable, cuyo origen hay que buscarlo en el propio Lutero. Para superarlo, hay que partir precisamente de lo «nuevo» que encontramos en el Nuevo Testamento, del centro mismo del Nuevo Testamento: de Jesucristo. Pues el origen del sacerdocio cristiano sólo se encuentra en Cristo, y sólo a través de él se justifican las conexiones con el sacerdocio del Antiguo Testamento, debido a la unidad entre la Antigua y la Nueva Alianza. Pero en el centro de la persona y de la misión de Jesús está su relación directa con el Padre: «En verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer a su Padre» (Jn 5,19); «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Jn 7,16). El evangelista Juan profundizó en este concepto fundamental, que pertenece a todos los Evangelios: en realidad es típico de Jesucristo que no se pertenece a sí mismo y que no posee nada de sí mismo, porque es enteramente del Padre y para el Padre. Nos encontramos asà en el centro de la realidad de Dios, es decir, del misterio trinitario.

Pero Jesús constituyó a los Doce y les dijo:  «El que os acoge a vosotros me acoge a mÃ, y el que me acoge a mÃ, acoge al que me ha enviado» (Mt 10,40), o también:  «Como el Padre me ha enviado a mÃ, yo os envío a vosotros» (Jn 20,21). Este paralelismo o correspondencia en la misión tiene un sentido y un alcance muy precisos: también los Apóstoles, como el Hijo y por el Hijo, reciben todo del Padre y no pueden hacer nada por sí mismos. Podemos verlo claramente comparando otras dos frases célebres, siempre del Evangelio según San Juan: «El Hijo mismo no puede hacer nada» (Jn 5,19) y «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Esta «nada», que los discípulos comparten con Jesús, expresa al mismo tiempo la fuerza y la debilidad del ministerio apostólico: en efecto, no podemos hacer nada por nosotros mismos lo que como apóstoles, o sacerdotes, estamos obligados a hacer: dar el Espíritu Santo, perdonar los pecados, pronunciar las palabras «Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre». Pero es precisamente a través de esta «nada» de nosotros mismos que somos atraídos a la comunión de vida y misión con Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo. Esto es precisamente lo que en el lenguaje de la Iglesia se llama un sacramento, y esto es lo que queremos decir cuando decimos que la Orden es un sacramento. Por lo tanto, nadie puede declararse sacerdote por sí mismo, y ninguna comunidad puede llamar a alguien al sacerdocio por su propia autoridad e iniciativa. Sólo desde el sacramento, en efecto, podemos recibir lo que viene de Dios, entrando en la misión que nos hace sus enviados, sus instrumentos y mensajeros.

2. Este breve recordatorio del ministerio apostólico, tal como se nos presenta en el Nuevo Testamento, debe completarse naturalmente con un discurso sobre la sucesión apostólica, es decir, sobre la transmisión a los obispos del ministerio y del carisma de los Apóstoles, mediante el gesto de la imposición de manos: de esto también tenemos amplio testimonio en el Nuevo Testamento, especialmente, pero no exclusivamente, en las cartas a Timoteo y a Tito, donde se habla del don de Dios que está en vosotros por la imposición de mis manos (2Tim 1,6). La exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 16, recuerda que, mediante el sacerdocio del obispo, el sacerdocio de los presbíteros «se incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia». En efecto, este es un hecho que se remonta a los orígenes mismos: como sabemos, desde la tradición más antigua el sacerdocio de los obispos y de los sacerdotes es fundamentalmente una realidad unitaria, aunque haya distinciones de grado.

Este es, pues, el fundamento teológico y sacramental de nuestro ser sacerdotal: no debemos dudarlo nunca; debemos referirnos siempre a él en lo concreto de nuestra vida. Pastores dabo vobis 12 habla en este sentido del carácter «relacional» de nuestra identidad como sacerdotes. La relación primaria y original es obviamente con Cristo, y a través de Cristo con el Padre, en el don del Espíritu Santo. Es bueno escuchar algunas expresiones de la exhortación: «El sacerdote encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, el soberano y único sacerdote de la nueva y eterna Alianza… La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales.

De ahí se desprenden claramente algunos criterios esenciales para orientar nuestra vida y espiritualidad sacerdotal, como el desprendimiento de nosotros mismos, lo que podríamos llamar «autoexpropiación» y la gratuidad de nuestro servicio. Sólo así nos conformamos concretamente con Cristo y con el misterio trinitario, desarrollando en nosotros una auténtica semejanza con Dios, es decir, con el modelo según el cual hemos sido creados. De este modo, y no en la búsqueda de nosotros mismos, de nuestra ventaja o de nuestro interés de cualquier tipo, desde los honores hasta el dinero y la gratificación afectiva, los sacerdotes encontramos la realización de nosotros mismos y nuestra madurez humana, incluso la más plenamente humana, precisamente porque el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Por eso, es especialmente para nosotros, los sacerdotes, que se aplican las palabras de Jesús:  «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25).

3. Sin embargo, el carácter relacional de nuestro sacerdocio se extiende desde Cristo y el Padre a toda la realidad de la Iglesia. De nuevo, escuchamos Pastores dabo vobis n. 16: «La referencia a la Iglesia se inscribe en la misma relación del sacerdote con Cristo, ya que es la «representación sacramental» de Cristo la que fundamenta y anima su relación con la Iglesia. «

Sabemos bien cómo se desarrolla esta relación con la Iglesia según la dialéctica típicamente cristológica y evangélica del «Jefe-siervo» y el pastor, o mejor dicho, el buen pastor. El sacerdote, por su naturaleza y función, es el que hace presente a Cristo en la comunidad, como «siervo principal» y buen pastor. Por lo tanto, no actúa por sí mismo, sino como clave sacramental, no sólo en la administración de los sacramentos, sino en toda la actividad pastoral. Además, su propio ser, cada uno de sus pensamientos y comportamientos entran en esta lógica sacramental. Esto implica para nosotros, en la práctica de la vida, cuidar de cada uno de los que nos han sido confiados, anteponiendo su crecimiento en la fe a cualquier consideración personal. Implica también el esfuerzo por «mantener unida» esta multiplicidad de individuos, para que junto a nosotros formen un solo cuerpo en Cristo.

Un texto de la Primera Carta de Pedro, reproducido íntegramente por Pastores dabo vobis (n. 15), expresa con la mayor eficacia este carácter de comunión del ministerio que se nos encomienda. También nosotros queremos volver a leerlo: «Exhorto a los ancianos entre vosotros, un anciano como yo, testigo de los sufrimientos de Cristo, que ha de participar en la gloria que ha de revelarse. Atended el rebaño de Dios que se os ha confiado, no por obligación, sino voluntariamente, según Dios; no por un sórdido beneficio, sino con el celo del corazón; no enseñoreándoos de los que se os han confiado, sino haciéndoos modelos del rebaño. Y cuando aparezca el Pastor Principal, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5,1-4).

Dos fórmulas, una muy común, la otra forjada por el Santo Padre y retomada en Pastores dabo vobis 17, expresan el doble perfil bajo el que se realiza esta dimensión constitutiva de nuestro ser sacerdotal. El primero dice que el sacerdote es el hombre de la comunión, el segundo que el ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y sólo puede realizarse como «obra colectiva».

Concretamente, todo sacerdote, ya sea diocesano o religioso, está llamado a la comunión y colaboración con el obispo, en la unidad del presbiterio y en la solicitud por la Iglesia particular a la que pertenece o en la que, si es religioso, está en todo caso inserto, así como en la apertura y disponibilidad al servicio de la Iglesia universal.

Al mismo tiempo, el ministro ordenado existe en la Iglesia en función del sacerdocio común y universal de todos los fieles. Una de las principales y más densas intuiciones para el futuro del Concilio Vaticano II es, sin duda, el redescubrimiento y el nuevo énfasis en este sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios. Los sacerdotes hemos sentido a veces esto como una redimensión de nuestro papel, y ha contribuido de alguna manera a la crisis de nuestra identidad sacerdotal. Por el contrario, el crecimiento espiritual y apostólico del pueblo de Dios es también y necesariamente el auténtico crecimiento de nuestro ministerio: no sólo porque somos relevados de funciones que no nos son propias, sino sobre todo porque somos llamados a un testimonio más elevado y a un servicio más fuerte, como pastores y guías de nuestro pueblo. Sabemos por experiencia directa que cuando una comunidad cristiana está viva, consciente de su fe y, por tanto, misionera, el sacerdote que la preside está constantemente llamado a dar lo mejor de sí mismo, a vivir en plenitud su ser sacerdote. Debemos, pues, considerar el crecimiento del laicado cristiano con íntima convicción y alegría; y percibir, por el contrario, como un hecho negativo, un límite a superar en la oración, el testimonio personal, la generosidad apostólica y una incansable labor de formación, aquellas situaciones de inmadurez de la fe, desinterés o falta de compromiso que, por desgracia, siguen estando tan extendidas en nuestro laicado.

Sabes bien, por la experiencia cotidiana de tu vida y ministerio, cuáles son las exigencias prácticas de una auténtica relación de comunión, «propositiva» por así decirlo, con el obispo, el presbiterio, los laicos, todo el pueblo de Dios. Sabéis qué libertad nos exige esto, ser sinceramente abiertos y acogedores con el prójimo, capaces de situarnos desde su punto de vista y no sólo desde el nuestro. Sabes lo importante que es saber dar el primer paso, sin conformarse con esperar a que otros vengan a buscarnos. Y lo importante que es saber perdonar. La gente percibe inmediatamente a quien les ama de verdad, que no asume una actitud de superioridad o de desapego, sino que, siendo enteramente sacerdote  un hombre de Dios y un fiel discípulo del Señor Jesús  por eso mismo es hermano de todos y «amigo de los pecadores» (Mt 11,19); quien sabe estar con los demás y en medio de los demás, sin actitudes de superioridad o de justicia propia, es un recuerdo espontáneo de la presencia del Señor en medio de nosotros.Â/p>

4. Quisiera entonces confrontar con vosotros algunos nudos en la base de nuestro ser cotidiano como sacerdotes, y por tanto de la comunión eclesial.

Uno de ellos se refiere al tema de la obediencia, siempre delicado y hoy muy controvertido. El padre Congar, en un folleto que me impactó mucho cuando aún era un joven sacerdote que lo leía, Para una Iglesia servidora y pobre, habla de dos «místicas», la de la obediencia y la de la comunión; la primera caracterizó la espiritualidad y la vida concreta de la Iglesia y en particular de los sacerdotes en el período entre el Vaticano I y el Vaticano II, mientras que la segunda es típica de nuestra época postconciliar. Cada una de estas dos místicas es, en su momento, el recurso y una segunda piel secreta para la Iglesia, su fuerza que nace de la relación con Dios, o más bien de la experiencia de Dios, y que, por tanto, vuelve a Él. No se trata, ciertamente, de ponerlas en alternancia, una en oposición a la otra, sino, en primer lugar, de dejar constancia de un hecho, de un cambio de énfasis, que los sacerdotes más antiguos hemos experimentado personalmente y tocado con la punta de los dedos. La mística de la obediencia se centraba en la relación con los superiores eclesiásticos y sacaba su fuerza del hecho de considerarlos, con sencillez de corazón, como la expresión de la voluntad de Dios. Por lo tanto, practicar la obediencia fue considerado inmediatamente como la forma concreta de relacionarse con Dios. El mismo Juan XXIII, el Papa que quiso el Concilio, hizo del lema «Oboedientia et pax» el emblema de su vida: es un auténtico camino de perfección, como salida de nuestro ego, de nuestra propia voluntad egoÃsta y pecaminosa, y como conversión a la voluntad de Dios, en esencia a Dios mismo. Este camino hunde sus raíces en el ejemplo de Cristo mismo, el Hijo cuyo alimento es hacer la voluntad del que le ha enviado (Jn 4,34), el Hijo hecho obediente hasta la muerte en la cruz (Flp 2,8); corre como una vena preciosa por toda la tradición eclesial, y ha producido muchos frutos de santidad, también en nuestro siglo (algunos de ellos alcanzan hoy el reconocimiento oficial de la Iglesia y la gloria de los altares).

No debemos ocultar, sin embargo, que la «mística de la obediencia», si se acentúa unilateralmente, corre el riesgo de favorecer una visión a su vez unilateralmente jerárquica y, por así decirlo, piramidal de la Iglesia y de la existencia cristiana: de hecho, ha habido una cierta correlación entre esta forma de espiritualidad y esta eclesiología, especialmente en el período comprendido entre los dos Concilios Vaticanos.

Con el Vaticano II, esta parcialidad fue afortunadamente superada, poniendo en primer plano los portentosos conceptos de pueblo de Dios, de colegialidad episcopal, de dignidad común de todos los bautizados. En el Concilio y en el período postconciliar, y especialmente después del Sínodo Extraordinario del Vigésimo Aniversario del Concilio, la noción de «comunión» ha vuelto a ser, como lo fue en el Nuevo Testamento y en los Padres, una idea clave y una piedra angular de nuestra conciencia eclesial; Junto con otros dos términos fundamentales, misterio y misión, ha pasado a formar parte de la trilogía «mysterium, communio y missio», y ha quedado cada vez más claro cómo el misterio que es la comunión y la misión consiste esencialmente en el enraizamiento de la Iglesia en la Trinidad divina, según las palabras del apóstol Juan: «La Palabra de Vida»…. a quien hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que también tengáis comunión con nosotros. Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1,2-3).

Sin embargo, es esencial no concebir esta centralidad de la comunión como una alternativa a la dimensión jerárquica de la Iglesia. Ciertamente, la jerarquía está en comunión (aunque este aspecto debe aclararse un poco más en la meditación de esta tarde) y existe en función de ella, al igual que todo el ministerio ordenado está para y al servicio del pueblo de Dios. Pero todo esto no debe hacernos olvidar, o incluso sólo atenuar, la autenticidad de nuestra obediencia y la conciencia de su fundamento «místico», en el propio misterio cristológico y trinitario.

No podemos ignorar que en las últimas décadas la obediencia eclesial ha conocido y conoce fuertes dificultades, que se expresan sobre todo en la práctica concreta, pero que precisamente hunden sus raíces en la pérdida o en el debilitamiento de esta dimensión mística de la propia obediencia. Las razones de esto son en parte externas a la Iglesia, como la explosión de los fenómenos de protesta en los años 60 y 70, y la subsiguiente y aún continua exaltación de la subjetividad y relativización de todas las normas objetivas. Pero también hay causas que, aunque vengan de fuera, afectan a la Iglesia en lo más profundo, comprometiendo no sólo la mística de la obediencia, sino también la de la comunión, ya que la misma comunión eclesial tiende a reducirse a la dinámica de una comunidad puramente humana. Tal vez podamos tratar de identificarlas y resumirlas, aunque sea muy brevemente, en una sola expresión: hablaremos de un «espíritu de mundanidad» o de la «lógica del mundo» que trata de insinuarse en la Iglesia, sustituyendo la gratuidad, la entrega, el servicio y el compartir por actitudes de exigencia y contraposición. Esta ha sido siempre una tentación en la historia de la Iglesia, por lo que no es sólo de hoy, sino que ahora toma la forma de nuestro tiempo; se busca justificar a través de la cultura, y también a través de las ideologías que hoy prevalecen.

Realmente llegamos aquí a un punto crucial de nuestra fidelidad no sólo a la Iglesia sino a Jesús y a su Evangelio. Por eso debemos remover diariamente en nosotros la mística de la comunión y dentro de ella la mística de la obediencia. Se trata, en efecto, de una mÃstica, y en realidad de una única mÃstica, aquella en virtud de la cual la palabra «hermanos» era el calificativo común, el denominador de los cristianos en el Nuevo Testamento y en los dos primeros siglos de la vida de la Iglesia, y aquella en virtud de la cual se aprendió la obediencia de Cristo a partir de lo que sufrió (Heb 5,8).

Concretamente, ¿cuáles son las formas y modalidades de expresión que puede adoptar esta mística de la obediencia y de la comunión en la realidad actual de nuestra vida sacerdotal? Pastores dabo vobis, en el n. 28, califica nuestra obediencia como «apostólica» en el sentido de que reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. La exhortación subraya además que la obediencia de los presbíteros es una «exigencia comunitaria»: pues no se trata sólo de la obediencia de un individuo que se refiere personalmente a la autoridad; al contrario, se inserta profundamente en la unidad del presbiterio, que como tal está llamado a vivir en colaboración con el obispo, y a través de él con el sucesor de Pedro. Por último, destaca su «carácter de pastoralidad», en cuanto que el sacerdote está llamado a vivir la obediencia en una actitud de constante disponibilidad para entregarse, para hacer frente a las necesidades, a las necesidades pastorales del Pueblo de Dios.

Concretamente, es muy importante que nosotros los sacerdotes, a menudo víctimas de una formación y de una mentalidad un poco demasiado individualista, seamos capaces de acoger los carismas, o más modestamente, la presencia y las iniciativas de los demás: desde nuestros cohermanos hasta los colaboradores en toda la realidad del pueblo que se nos confía. Pero a menudo sucede lo contrario: nuestro punto de vista personal se convierte en una cárcel para nosotros mismos, en una parálisis para nuestra misión, en un principio de desintegración de la comunidad en la que estamos insertos. Y a veces, cuanto más parcial, restringido o incluso erróneo es este punto de vista, más lo defendemos con una determinación que puede llevar a la sinrazón. Este riesgo amenaza el modo en que nos relacionamos no sólo con nuestros «superiores», sino también con nuestros hermanos y con nuestros «inferiores»: es un riesgo no sólo para la obediencia, sino más generalmente para la comunión. Para superarlo, conviene recurrir sobre todo a la dimensión mariana de nuestro sacerdocio: «Aquí estoy, la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Es porque creía que María también podía responder al Ángel de esta manera, con su boca y luego con toda la sinceridad de su vida. Cuando la obediencia nace del amor, como en MarÃa, la libertad de la persona no se alcanza, sino que, por el contrario, llega a su punto máximo en el don gratuito de sà misma.

5. Otro nudo a resolver en nuestra vida cotidiana como sacerdotes se refiere a nuestra representación pública y personal de Cristo y de la Iglesia. Esta es una característica que nunca puede abandonarnos, porque a nivel sacramental es constitutiva de nuestro ser de ministros ordenados. Humanamente hablando, podemos entender la tentación de despojarse de ella hasta cierto punto, o al menos en ciertos momentos y aspectos; sobre todo cuando hoy el sacerdote, en una sociedad secularizada, es considerado a menudo como un extraño y, por tanto, puede estar inclinado a percibirse como tal. También puede entenderse por razones más prácticas y concretas, como el ritmo incesante de los compromisos y servicios que se nos piden, con un trabajo que tiende a invadir todos los espacios, y que a veces es bastante pobre en satisfacciones humanas.

La alternativa a todo esto sólo puede encontrarse en una relación verdaderamente personal con el Señor Jesús, es decir, en el hecho de haberle conocido y haber aprendido a amarle. Esto puede parecer obvio, pero sigue siendo lo esencial y decisivo. El sacerdote debe ser, ante todo, un hombre profundamente religioso y cristiano, que sepa permanecer con Cristo en la oración y en la vida, y que esté íntimamente convencido de que es Dios y no él quien salva al mundo, y que lo salva a través de la cruz. Sin esta convicción, y antes sin esta experiencia interior, nuestro ministerio es una carga, a menudo carente de gratificación; con ella, por el contrario, se convierte en un don liberador y gratificante. Nos sentimos seguros en Cristo, y sabemos que no importa quién coseche después de que hayamos sembrado generosamente. De esta relación con Cristo, pues, nace nuestra paciencia pastoral, nuestra capacidad de comprender, de soportar y de perdonar: ¡gracias a Dios, cuántos sacerdotes de este tipo he conocido en mi vida!

Así es como el ministerio, el apostolado, se convierte en una necesidad y deja, en cierto modo, de ser una carga. Es la representación de Cristo y de la Iglesia que acogemos y el espÃritu libre, incluso cuando nos expone a la oposición, a las contradicciones o incluso a la burla. Un obispo y un sacerdote que se complacen en representar a la Iglesia con franqueza, sinceridad y autenticidad, incluso en los aspectos más discutidos de su enseñanza y disciplina, dan un testimonio y ejercen una «profecía» de incalculable fecundidad espiritual. Por otra parte, cuando eludimos la tarea de representar a la Iglesia, o peor aún, cuando asumimos el papel de disputadores y contradictores, a menudo sin darnos cuenta de que nuestras protestas y «distinciones» acaban perjudicando no sólo a la Iglesia, sino también a Cristo y a su Evangelio, nos asemejamos, sin quererlo, a los falsos profetas de los que hablan extensamente las Escrituras. Es cierto que podemos obtener algún aplauso mundano en lo inmediato, pero perjudicamos al pueblo de Dios, ponemos en riesgo su sentido de la fe y su pertenencia eclesial, y en última instancia nos empobrecemos y humillamos, privándonos de la alegría más verdadera que consiste en la plena fidelidad a la propia vocación.

6. No puedo concluir esta meditación sobre la espiritualidad de la comunión del sacerdote sin referirme a lo que es el centro visible de esta comunión, es decir, el ministerio de Pedro y la persona del Papa.

No tenemos tiempo para detenernos en el arraigo de este ministerio en el Nuevo Testamento y en la Tradición eclesial, ni tampoco para examinar más de cerca la ya clásica distinción entre las formas de ejercicio del servicio de Pedro en el primer y luego en el segundo milenio cristiano. Sin embargo, podemos hacer al menos algunas consideraciones sobre los tiempos en que vivimos. Mientras el parroquialismo y las particularidades de cada cultura, pueblo o nación se afirman, a veces con violencia, la unidad del género humano crece cada vez más en sus expresiones prácticas y concretas, a través de las comunicaciones sociales, la interdependencia comercial y económica, las migraciones, el turismo y el carácter unitario y universal de la investigación científica y los logros tecnológicos. Esta creciente unidad exige, en el plano espiritual, no sólo la unidad ecuménica de los cristianos y el diálogo entre las grandes religiones, sino también la unidad concreta y visible de la Iglesia católica, su presencia como único sujeto en la escena mundial, conforme a ese carácter «público» y no sólo privado que el cristianismo ha tenido desde sus orígenes. No es casualidad que esto se haya conseguido en nuestro siglo, sobre todo a partir del pontificado de León XIII y en mayor medida con Juan Pablo II, a través de su magisterio, sus viajes, su testimonio público a favor de Cristo y de los derechos humanos.

Nuestro Papa ha sido capaz de conseguirlo en una situación en la que, como he aludido, las tendencias a la crítica siguen siendo fuertes, incluso en la Iglesia. Es un verdadero regalo de la providencia de Dios que en la cima de la dimensión también institucional de la Iglesia haya un hombre que es al mismo tiempo un gran e innegable ejemplo de oración, como intuyen y reconocen incluso los periodistas que se acercan a él por motivos profesionales; un verdadero hombre de Dios, un cristiano y un sacerdote en el sentido fuerte de la palabra. Tampoco es casualidad que desde Pío IX en adelante, a través de personalidades muy diversas entre sí, la Providencia haya colocado sistemáticamente en la Cátedra de Pedro a auténticos y claros testigos de Cristo: así se ha confirmado históricamente para todos que no hay oposición, sino al contrario un íntimo parentesco entre el Evangelio de Cristo y la institución eclesial.

El milenio que está a punto de comenzar no será, por tanto, si se me permite exagerar tal predicción, un mero tiempo para volver a la situación del primer milenio, en lo que se refiere a la relación entre las dimensiones local y universal de la Iglesia; ni tampoco será una simple continuación del segundo milenio. Será más bien un tiempo de sÃntesis, de esa presencia simultánea de universalidad y particularidad para la que el Concilio Vaticano II, bajo el impulso del EspÃritu Santo, sentó las bases, y que ahora, bajo el impulso del mismo EspÃritu Santo, habrá de realizarse en el entretejido humanamente inextricable de la historia de la salvación, marcada por el pecado pero también por la superabundancia de la gracia.

Queridos sacerdotes, mirando con los ojos de la fe a la Iglesia y a la humanidad a la que la Iglesia es enviada, y en medio de ella a nuestra misión y a nuestra existencia personal, no tenemos motivos para el desánimo o la confusión, sino para la gratitud, la confianza y la alegría. La palabra de Cristo también es cierta para nosotros: «No tengáis miedo, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros su Reino» (Lc 12,32).

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